Ha llovido poco, por no decir nada, desde
que el pasado mes de junio falleciese el escritor y columnista
Jaime Campmany. Tenía 80 años, fama de agitador,
pasado falangista y una soberbia pluma con la que impartía
doctrina en ABC. Se murió sin la pompa que se les da a
los cadáveres convenientes. Él era molesto.
Sin embargo, dejó atrás una tardía producción
narrativa, unos breves y juveniles poemas y centenares de artículos
que han marcado el desarrollo y la decadencia de la España
post-Transición. Y regaló al público un libro,
que todavía es fácil de conseguir, titulado ‘El
callejón del gato. Retratos al vitriolo’. Mala leche,
verdades como puños y más palos que zanahorias.
En los seis años que han pasado desde su publicación,
esta mezcolanza de perfiles nos permite recordar la esencia de
figuras de la vida política, artística y económica
que siguen presentes, pero a los que algunos quieren condenar
al olvido. La prosa, como siempre, fina, elegante e incisiva,
como los estiletes de obsidiana. Y es que Campmany viene a ser
una de las cumbres más desaprovechadas de la herencia burlesca
y crítica española tan quevedesca y necesaria como
ocultada por los poderes políticos.
Si el escritor murciano hubiese sido más dócil,
sus libros estarían reeditándose y copando las librerías.
Pero Campmany renunció a ese peaje para poder seguir siendo
alguien incómodo y distinto.
Lo demuestra en ‘El callejón del gato’. Sin
más vuelos que el adjetivo preciso y el humor más
cínico, el escritor despelleja a ‘ilustres’
como Javier Solana, Javier Tusell o Jorge Semprún, representantes
del ‘rojerío’, su particular Geriones y contra
el que siempre luchó a brazo partido. Pero en los 25 perfiles,
que pasan de Ruiz Mateos a Adolfo Suárez, hay sitio para
el cariño más sincero, la admiración y el
respeto. Un repaso divertido, refrescante y extremadamente lúcido
de nuestra historia más reciente, que todavía colea.
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