Se sentó
con cuidado y puso los brazos sobre la mesa.
- Hay algo de mí que quiero que sepáis. Os lo habéis
podido imaginar, os lo han podido sugerir, pero quiero que lo
oigáis de mi boca.
La madre no se permitió parpadear. El hermano sonrió
maliciosamente. El padre adoptó el gesto severo de cuando
recibe una noticia inesperada, por si acaso.
- Lo que os voy a contar es la razón por la que durante
todos estos años he sido inaccesible, distante, desagradable
e incluso borde.
- Cállate. - La madre arrugó la servilleta con cuidado.-
Ya lo sabemos.
- ¿Qué es lo que sabemos? - Dijo bruscamente el
padre con la taza en la mano.-
- Yo no sé nada de lo que estamos hablando. ¿De
qué estamos hablando?
- Estamos hablando de mí.
- Y, ¿qué es lo que no sabemos de tí? Lo
sabemos todo. Eres nuestro hijo.
La madre se levantó de la silla y se puso a recoger la
mesa.
- A veces creo que no te enteras de nada.
Él le puso la mano sobre el brazo y apretó con fuerza.
El padre la miró con ojos suplicantes.
- Ya ha llegado el momento, ¿verdad?
- Hace mucho que esta aquí. Ya deberías haberte
hecho a la idea.
La madre se giró, abrió el grifo y empezó
a fregar. El padre miró la taza vacía.
- ¿Puedo decir algo? ¿Puedo terminar?
- Hijo, ya no hace falta. Ahora no.