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Los
teóricos del asunto dicen que
los deportes en la Antigüedad estaban ligados a los oficios
religiosos o a las exigencias de destreza física, pero,
inevitablemente, se convirtieron en señas de identidad
de los pueblos que los practicaban.
Sirva como ejemplo el triste destino de los Juegos de Olimpia,
celebrados en la antigua Grecia entre el 776 a.C. y el 392 de
nuestra era. El emperador romano Teodosio I los abolió
acusándolos de paganos, lo que en la época venía
a ser un eufemismo de sedicioso. Ciertamente, los romanos no tenían
el ánimo de expansión cultural mostrado por los
helenos, pero tampoco les hacía demasiada gracia que los
griegos conservaran unas tradiciones que les recordaran un pasado
unido y libre.
La misma política siguieron los conquistadores españoles
en América. Allí se practicaban en el siglo XV un
buen número de disciplinas deportivas muy relacionadas
con la religión, algunas de las cuales nos horrorizarían
por su carácter cruento. El pokyah de los mexicas, el gomahcari
de los taramaras, el pali-kuden y el loncotoun araucanos, la cha-huasiña
inca, el tlachtli… y un largo, aburrido e incompresible
etcétera. Todos estos deportes fueron prohibidos, oficialmente,
porque exaltaban las divinidades indígenas, pero las razones
de fondo pueden ser otras mucho más “políticas”.
El tlachtli mencionado antes merece un pequeño inciso,
porque era el juego de moda en Mesoamérica antes de la
llegada de Colón. No en vano, lo practicaban los aztecas,
sus primos los zapotecas, que lo llamaban teladzi, y los mayas,
para quienes era el pok-ta-pok. Obviamente, de este deporte tan
extendido han llegado hasta nuestros días ecos de cómo
se jugaba y a muchos les sonara la imagen de unos indios con plumas
tratando de colar una pelota por un aro.
Volviendo a la actualidad, a estos tiempos de globalización
que nos ha tocado vivir, lo de prohibir deportes queda feo, poco
elegante. Además, los interesados en extender la cultura
global (anglosajona) han comprobado lo fácil que es arrinconar
tradiciones, idiomas o costumbres genuinas usando simplemente
la fuerza de unas armas que controlan a su antojo, como el cine,
la televisión y la música. Ahora no hace falta prohibir.
El fútbol, que a tantos nos apasiona, se ha convertido
en el auténtico ogro para el resto de los deportes (exceptuando
el golf, al que su elitismo le mantiene alejado de los problemas
mundanos, incluidas las sequías). Ciertamente, los estadios
se llenan con miles de personas cada partido, mientras otros juegos
languidecen de manera irreversible seguidos por apenas puñados
de irreductibles.
La Teoría de Darwin se está aplicando a los deportes
y cada día mueren “especies” sin que nos demos
cuenta. Incluso aquí, en Navarra, hay ejemplos de esta
lucha por la supervivencia: el remonte de los Ábrego, Salsamendi
y, ahora, Koteto Ezkurra, que hace no mucho era la modalidad pelotazale
más seguida en nuestra comunidad, vive quizá sus
últimos días. Una pena, porque, cuando sea necesario
revisar las antiguas crónicas para saber cómo se
practicaba el remonte, habremos perdido parte de nosotros mismos,
de nuestra identidad.
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