Ari
Afrani, el protagonista de este relato, es un joven de 22 años
al que la inabarcable tragedia del tsunami que asoló las
pasadas navidades el sureste asiático convirtió en
hombre de golpe y porrazo. El día de autos, 26 de diciembre,
trabajaba en una construcción en la playa de Kota Aceh Jaya,
cerca de la capital regional de Banda Aceh, cuando el tsunami arrasó
todo. Afrizal ha contado después cómo sintió
temblar la tierra, la casa en la que faenaba, vio la ola e intentó
echar a correr. En vano. El gigante de la Naturaleza le atrapó
en segundos, siendo sólo capaz de aferrarse a una tabla de
madera que tuvo a bien flotar sin demorarse mucho bajo las profundidades.
Lo siguiente es tétrico,
como todo lo que se ha venido sabiendo. Fue ver muertos y destrucción,
y verse él mismo, Afrani, arrastrado mar adentro y más
adentro. Cambió la tabla por un sampán -tipo de embarcación
fluvial de la zona-. Después, ya en el quinto día
de desdicha marina, pasó por su lado una balsa de pesca que
incluía una especie de pequeña cabaña y, pese
a las sustanciosas heridas que poblaban sus piernas, nuestro amigo
Afrani consiguió subirse a ella. Dentro se encontró
con un recipiente con tres litros de agua en su interior, unos veinte
litros de keroseno, lámparas y algún que otro andrajo. |
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Ahora
tenía agua, pero la situación no cambiaba demasiado,
porque estaba lejos, estaba solo y, hasta donde se sabe, ni el keroseno
se puede beber ni la ropa comer. Pasaban barcos, muchos, contó
Afrani. Él gritaba "¡Tolong! ¡Tolong!"
-no es que estuviera sonado (aunque para estarlo, la verdad), sino
que es la fórmula local de pedir socorro, ese "tolong"-.
"Quizás no me vieron porque nadie respondió -explicó
Afrani-. Comencé a tener alucinaciones y a sentirme deprimido.
Había perdido la esperanza de vivir".
Los días, uno
detrás de otro, se le hicieron quince al infortunado Ari
Afrani. Se alimentaba -es un decir- con cocos flotantes que también
habían sufrido extrañamiento terrestre. En esta triste
vicisitud se hallaba nuestro amigo cuando ocurrió el milagro.
Y todo gracias a John Kennedy. No el difunto presidente, ni siquiera
una ramificación filibustera del tragicómico clan
bostoniano. Este Kennedy era -sigue siendo, a no ser que lo hayan
reclutado como futuro candidato a presidente demócrata, por
oriundo o algo así, viendo que los auténticos se les
mueren todos- el capitán del MV Al Yamamah, mercante de bandera
liberiana que se cruzó en su trayecto con el excéntrico
artilugio flotante que portaba a Ari Afrani. Así que Kennedy
lo vio, mandó parar máquinas y rescató al náufrago
-por menos condecoraron a JFK-. El náufrago bien, gracias.
Comió con los marineros, que atestiguaron su fabuloso apetito,
y fue desembarcado, sano y salvo, en Port Klang (Malasia).
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Y después
lo contó. En momentos de desespero como el que vivió
Ari Afrani, cuando uno piensa, con todo el derecho del mundo, que
la va a palmar, es frecuente acordarse de aquellos a quienes quiere.
Se aferra a su recuerdo, a escenas vividas. Al menos eso dicen las
películas. Pues Ari Afrani no. Ari Afrani, él lo ha
contado, ha sobrevivido -además de por el futurible John
Kennedy- gracias a David Beckham. Adelante, Ari: "Me olvidaba
de mi mala situación soñando con los partidos que
había visto en Old Trafford (estadio del Manchester United).
En mi mente podía ver a David Beckham jugando también
para el Real Madrid. Sabía que, si no seguía vivo,
nunca podría volver a ver tanta belleza". Señores,
esto es un hincha. Del Manchester United y del Real Madrid, pero
sobre todo de David Beckham, un tipo que ya es cualquier cosa -salvavidas-
menos futbolista. Que trasciende el atónito Estado Natural
de las Cosas para acudir, en plan flashback, tirando faltas y marcando
goles, con ese suave y certero toque que tiene el muchacho -ese
efecto que le da al balón, guapísimo él, la
camiseta sudada huele a colonia-, a salvar la vida de un desdichado
anónimo que está perdido y a punto de morir en el
quinto pino del mundo. Se ignora si tanto Manchester United como
Real Madrid, como el propio beatífico futbolista, han resuelto
tomar medidas, pero un devoto de tamaña magnitud no se puede
dejar escapar. Hay que hacer algo con él, no sé, antes
de que sean otros los que se lleven el dinero.
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