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Hubo, durante estos dos años (1348-1349), escribe el carmelita parisino Jean de Venette, un número de víctimas tal que nunca se había oído decir, ni visto ni leído cosa semejante en los tiempos pasados.
Y Boccaccio precisa en la introducción del Decamerón respecto a Florencia: “Tanta y tal fue la crueldad del cielo, y en parte de los hombres, que entre el mes de mayo y el siguiente mes de junio, por la virulencia de la enfermedad tanto como por la poca diligencia que cerca de los enfermos se tenía, se cree y afirma que dentro de los muros de la ciudad de Florencia más de cien mil criaturas humanas fueron arrebatadas de esta vida presente, número que, por ventura, antes que aquel mal aventurado accidente ocurriese no se pensaba que en toda ella existiera. ¡Oh, cuantos grandes palacios, cuantas hermosas y bien edificadas casas, cuántas nobles habitaciones y moradas, llenas y pobladas de nobles moradores y grandes señores y damas, de los mayores hasta el menor servidor quedaron vacías y solas! ¡Cuántas familias, cuántos excelentes linajes, cuántas grandes y ricas heredades y posesiones, cuántas y cuán preciosas riquezas se vieron, sin heredero y legítimo sucesor, desamparadas! ¡Cuántos valerosos y nobles hombres, cuántas y cuán hermosas, graciosas y galanas damas, cuántos gentiles y alegres hidalgos que, no a juicio del pueblo común, mas al de Galeno, Hipócrates y Esculapio, serían juzgados bien salubérrimos y sanos, a la mañana comieron con sus compañeros y amigos, y a la noche cenaron en el otro mundo , con sus antepasados!”.

Un religioso portugués de la época nos sirve de espléndido testigo de lo que la peste representaba para sus contemporáneos y las inmensas perturbaciones que provocaba en los comportamientos de todos los días: “La peste es, sin duda alguna, entre todas las calamidades de esta vida, la más cruel y verdaderamente la más atroz. Con gran razón se le llama el Mal por antonomasia. Porque no hay en la tierra mal alguno que sea comparable y semejante a la peste. En cuanto en un reino o una república se enciende este fuego violento e impetuoso, se ve a los magistrados estupefactos, a las poblaciones asustadas, al gobierno político desarticulado. La justicia ya no es obedecida; los talleres se detienen; las familias pierden su coherencia, y las calles su animación. Todo queda reducido a extrema confusión. Todo es ruina. Porque todo es alcanzado y derribado por el peso y la enormidad de una calamidad tan horrible. Las gentes, sin distinción de estado o de fortuna, quedan ahogadas en una tristeza mortal. Sufriendo unos la enfermedad, otros el miedo, se ven enfrentados, a cada paso, bien a la muerte, bien al peligro. Los que ayer enterraban hoy son enterrados, y a veces encima de los muertos que ellos habían sepultado la víspera.
Los hombres temen incluso el aire que respiran. Tienen miedo de los difuntos, de los vivos y de ellos mismos, puesto que la muerte frecuentemente se envuelve en los vestidos con que se cubren y que en su mayoría sirve de sudario, debido a la rapidez del desenlace.
Las calles, las plazas, las iglesia sembradas de cadáveres, presentan a los ojos un espectáculo lastimoso, cuya vista vuelve a los vivos celosos del destino de los que ya están muertos. Los lugares habitados parecen transformados en desiertos y, por sí sola, esta soledad inusitada incrementa el miedo y la desesperación. Se rehúsa toda piedad a los amigos, puesto que toda piedad es peligrosa. Como todos tienen la misma consigna, apenas tienen compasión unos de otros.
Encontrándose ahogadas y olvidadas todas las leyes del amor y de la naturaleza en medio de los horrores de una confusión tan grande, los niños son separados bruscamente de los padres, las mujeres de los maridos, los hermanos o los amigos unos de otros, ausencia desoladora de gentes que se deja viva y a las que no se verá más. Los hombres, perdiendo su valor natural y no sabiendo ya que consejo seguir, van como ciegos desesperados que chocan a cada paso contra su miedo y sus contradicciones. Las mujeres, con sus llantos y sus lamentos, aumentan la confusión y la angustia, pidiendo remedio contra un mal que no tiene ninguno. Los niños derraman lágrimas inocentes porque sienten la desgracia sin comprenderla.”

Existe una crónica italiana, en este caso de la peste de 1630, que nos describe perfectamente el universo de desconfianza que generaba este mal: “...Mientras los montones de cadáveres, siempre apilados delante de los ojos, siempre junto al paso de los vivos, hacían de la ciudad entera una vasta tumba, había algo más funesto y más terrible todavía: era la desconfianza recíproca, la monstruosidad de las sospechas... No se sentían suspicaces de su vecino, de su amigo, de su huésped solamente: esos dulces nombres, esos tiernos vínculos de esposo, de padre, de hijo, de hermano, eran objeto de terror; y, cosa horrible e indigna de decir, la mesa doméstica, el lecho nupcial eran temidos como trampas, como lugares donde se escondía el veneno.”

La peste apareció brutalmente en 1346 en las orillas del mar de Azov. En 1347 ganó Constantinopla y Génova y pronto toda Europa, desde Portugal e Irlanda a Moscú. Los estragos de la “muerte negra” se extendieron a los años 1348-1351, llevándose, según asegura Froissart, “a la tercera parte del mundo”.


 
 
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