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El desembarco sigue, mes a mes, viajando con todos vosotros y conociendo el mundo a través de vuestros ojos, en forma de relatos y fotografías. En esta ocasión, nos vamos a ir un poquito más lejos, y saldremos allende de las fronteras europeas. En nuestro paseo cruzaremos el océano Atlántico y la cordillera Andina hasta llegar a las coloristas calles de Valparaiso, en el centro de Chile. Una urbe levantada en torno a una gran bahía, y que, tras Santiago, es la más poblada del país, además de ser una de sus principales entradas marítimas. A Valparaiso se la conoce como el gran muelle de Chile debido a que desde esta región salen diariamente miles de camiones para recorrer el territorio de norte a sur y cubrir las demandas de la economía chilena.
Si acudimos al Encarta o para los más clásicos, al Larousse, éstos corroborarán nuestra versión calificando a Valparaiso como “un importante puerto de mar y centro industrial, así como una de las mayores ciudades del país”. Entre sus actividades económicas destaca “el procesamiento de alimentos, la confección y la fabricación de telas, productos petroquímicos, metalúrgicos y de piel”.
E incluso se podría añadir la presencia de un par de universidades, la Católica y la Tecnológica Federico Santa María y su “importancia como escala en la ruta que atraviesa el Cabo de Hornos”. Hasta aquí todo en orden.

 

El caos ordenado de Valparaiso

La Pero si vamos un poco más allá del saber enciclopédico, nos encontraremos con que si hay algo que falta en este enclave de la Patagonia eso es, justamente, el orden.
Como ocurre en la mayor parte de los casos, cuando un europeo viaja a Sudamérica, además de sufrir las alteraciones fisiológicas características del jet-lag, debe padecer la inevitable ruptura de sus “europeos” esquemas mentales. Nuestro sentido común se ve súbitamente fuera de lugar y debe hacer el esfuerzo de readaptarse lo antes posible a la idiosincrasia local. Una mentalidad que no es ni mejor ni peor, simplemente es chilena, como la nuestra es europea o navarra. Ortega ya decía que la realidad es una gran variedad de perspectivas singulares.
Así que, tanto si el viaje es de negocios o de placer, hay que echarle un puñado de tranquilidad al asunto, darse un par de días para encajar en el nuevo contexto y verlas venir.
Si conseguimos relativizar conceptos como la prisa, la productividad o la existencia misma del Estado, podremos disfrutar intensamente de esta región que, en lo que a paisajes y naturaleza se refiere es, sin duda, una de las más espectaculares del planeta.


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