|
Hace pocos meses, el mundo
literario español se sumergió en un debate repetido
hasta la saciedad desde el siglo XIX: el del estilo. ¿Es
una crítica no poseer estilo? Para Umbral, sí. Para
la ‘nouveau roman’, el estilo primaba sobre el fondo.
Sin embargo, la maestría se consigue cuando ambas características
se unen para crear un todo vital, inteligente, estructurado y propio.
Y ahí entra António Lobo Antunes. El portugués
ha generado, en su prolífica obra narrativa y periodística,
un estilo único y reconocible, que se basa en la mezcla de
voces sobre la que se construye la obra. En ‘La muerte de
Carlos Gardel’, los recuerdos de toda una familia desestructurada
alrededor de la cama de un hospital en la que yace un hijo yonqui
en estado de coma. Él también habla, aunque nadie
llegue a escucharlo y llena de ángulos una construcción
ya de por sí poliédrica y magmática.
‘La muerte de Carlos Gardel’ representa el devenir de
la postmodernidad. La sociedad portuguesa es retratada en toda su
amplitud a través de la penetrante mirada de Lobo Antunes,
que disfruta con las anologías y con el recuerdo desencantado
para dibujar las bases de un presente imperfecto. Si de algo adolece
esta obra es de la primera incomodidad que suscita en el lector
la forma de la narración. Sin embargo, cuando se consigue
penetrar en el voluptuoso mundo psíquico de los personajes
(no hay que olvidar que Lobo Antunes, además de escritor
es psiquiatra) el deleite es máximo. No falta una pizca de
mordaz ironía y humor, en la mayor parte de las ocasiones
sardónico, y un guiño constante a los tangos, ya que
el padre del joven heroinómano es un enamorado de esta música
y que mantiene que Gardel no falleció en un trágico
accidente de aviación, de ahí el título. Cada
capítulo corresponde al de una canción porteña
y sirve como marco discreto con el que comparte características
definitorias.
<< pagina
anterior
|