Mi
meta no es participar en los próximos Juegos Olímpicos,
pero en los últimos meses estoy desarrollando las fibras
blancas, que son las que diferencian a un velocista de un maratoniano.
Y todo porque en los semáforos de Pamplona han puesto unos
malditos cronómetros que avisan cuándo se van a
poner en rojo. Es la eterna lucha contra el tiempo y, por supuesto,
contra uno mismo.
Cada mañana me preparo a conciencia. Desayuno algo ligero,
me calzo unas deportivas cómodas, estiro un poco mientras
espero al ascensor y salto a la calle convencido de que, por fin,
voy a ganarle la partida al semáforo. Después de
una caminata de casi cincuenta metros, llegó al punto de
salida.
Ahí está, al otro lado del paso de cebra, ese poste
verde que sostiene el reloj maldito. Cuando lo veo, la tensión
me oprime en el estómago, el pulso se me acelera y respiro
entrecortadamente. Todavía no es la hora: está rojo.
Los coches pasan zumbando. Trato de relajarme. Apenas quedan unos
segundos para la gran carrera. Doy unos saltitos y miro a derecha
y a izquierda. Demasiada gente alrededor. Empujo levemente a una
anciana que amenaza con invadir mi carril y, me inclino ligeramente
hacia adelante. Pongo cara de velocidad -fundamental- y calculo
la distancia. Diez metros hasta la mediana, dos de descansillo
y otros diez hasta la meta. Puedo hacerlo. ¡Vamos!
El corazón se me dispara al ver que los coches comienzan
a reducir su velocidad. Es la señal. El semáforo
va a dar la salida en cualquier momento. Venga, venga, venga.
Con picardía, me adelanto y pongo un pie en la carretera,
pero un coche que no diferencia entre el verde y el ámbar
pasa a toda mecha a un palmo de mi nariz y me devuelve al punto
de partida. Mejor dejo las trampas para otro día.
Ti, ti..., ti, ti..., ti, ti... ¡El sonido de que ya está
verde! Me he despistado con el último coche y he perdido
un segundo precioso. Miro al reloj y me quedan ¡sólo
24! No hay tiempo para dosificar. Salgo a tope, sin concesiones
a mis rivales. Alcanzo la mediana en apenas 10 segundos y por
mi cabeza aparece la remota idea de que en ese tiempo -y menos-
hay humanos que recorren 100 metros. Qué va, seguro que
es un montaje para vender más zapatillas, me digo.
El cansancio hace mella en mis músculos y la fatiga me
hace reducir la velocidad. No obstante, sigo adelante. Cruzo el
descansillo y me embarco en el tramo final, el más duro.
Ahí sucede lo inevitable, propio de mi simpleza mental.
Y es que aquí tengo que hacer un inciso. Seguro que todos
los lectores recuerdan al muñequito del semáforo
como un personaje serio, que en rojo se queda quieto y en verde
estira un pierna, nada más, con una economía de
gestos propia de Sherlock Holmes. Pero ahora no. Los nuevos tiempos
y, quizá la polución, le han trastornado y se ha
convertido en una especie de Shin Chan. Así, cuando el
contador del semáforo está a punto de llegar a cero,
el muñequito echa el tronco para adelante, pone la cabeza
erguida y se lanza pies en polvorosa. Esa imagen me supera. Cada
vez que la veo caigo en una risa descontrolada. que me acompaña
en los últimos metros de mi sprint. Claro, esto reduce
aún más mi velocidad y acabo siendo superado por
todos los viandantes, a quienes, por alguna extraña razón,
el muñequito no les hace partirse de risa.
Así, cuando el cronómetro llega a cero, todavía
me falta metro y medio para llegar a la acera. El coche más
cercano me dedica una pitada monumental. No puede ser... ¡he
perdido! Otra vez. Pero, me da igual. Ahora soy un deportista.