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“Espero
llegar a los Juegos de Pekín. Después, ya se verá”
Sencilla y simpática,
la saltadora de altura navarra, Marta Mendía, tiene los pies
en el suelo a pesar de haber estado en lo más alto del podio
español en tantas ocasiones que ni lo recuerda. Tras más
de 14 años desde su primer oro nacional, con varios récords
de España, habiendo superado el listón del 1,94 metros
y con dos galardones a la mejor deportista navarra, la atleta tiene
puesta la mira en los Juegos Olímpicos de Pekín. Las
Bellas Artes, su otra gran pasión, le aguardan para cuando
abandone la alta competición.
¿Es
posible vivir del deporte?
En mi caso sí que se puede. Yo vivo de un deporte que, comparado
con otros, está bien considerado y recibe muchas ayudas y
becas desde la Federación Española y en ese sentido
no podemos quejarnos. Por supuesto que estamos a años luz
del fútbol. En la alta competición si que te puedes
permitir vivir del deporte, pero no te soluciona la vida.
¿Cómo
le condiciona la vida su condición de deportista de élite?
Entreno seis días a la semana, una media de dos horas diarias.
Es un horario muy levadero, pero como todo deporte, tiene sus pegas
y sus sacrificios. Tenemos que cumplir con los entrenamientos en
sábados, festivos y lo que toque. Por ejemplo, solemos ir
de concentración dos semanas al año y son una en Navidad
y otra en Semana Santa. Esos días, mientras que todo el mundo
está de vacaciones, nosotros tenemos entrenamientos intensivos
durante toda la jornada.
Quitando
las dos horas de entrenamiento, ¿a qué se dedica el
resto del día?
Intento continuar con mis aficiones y con cursos relacionados con
mi carrera, Bellas Artes. Hace años estuve haciendo un módulo
de Artes aplicadas de la Escultura en la Escuela de Artes y Oficios
y ahora estoy realizando un curso del paro. Trato que entretenerme
y se seguir formándome de cara al futuro porque llegará
el momento el que tenga que abandonar el mundo de la competición
deportiva.
Analizando
los sacrificios que le ha supuesto el ser deportista de élite,
¿se ha arrepentido en algún momento?
Nunca me he arrepentido de haber tomado este camino. Yo estudié
Bellas Artes en Bilbao, y cuando terminé trabajé durante
dos años de profesora. Intentaba compaginar mis dos facetas
profesionales, pero era muy complicado, no tanto por las dos horas
de entrenamiento diario sino por las concentraciones y campeonatos.
Llegó un momento en el que tuve que decidir a qué
dedicarme en exclusiva y elegí el deporte.
Siempre he creído que estoy bien recompensada y me gusta
tanto lo que hago que las exigencias de mi profesión no me
suponen grandes sacrificios. Además, rindo bien con el tiempo
que dedico a entrenar. Aunque sean sólo dos horas, todos
los días termino cansada y no sería adecuado forzar
el cuerpo para entrenar más horas porque no llegaría
en forma a los campeonatos.
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Tras
meses de entrenamiento y con miles de ojos puestos sobre usted,
¿qué pasa por su cabeza antes del gran salto? ¿Cómo
se prepara para ese momento?
Justo antes de empezar a correr, hago un repaso mental del salto
fijándome bien en cuestiones técnicas y aspectos en
los que puedo fallar o he tenido problemas en el anterior salto.
Trato de ir siempre con una mentalidad muy positiva, convencida
de que lo puedo saltar y después sólo te queda ir
con todas las ganas del mundo.
¿Qué
tal es la relación con sus compañeros de equipo y
con el entrenador?
En mi grupo de entrenamiento estamos pocos saltadores, a lo largo
de los años ha habido cambios porque algunos se retiraban
y entraban otros jóvenes, pero el ambiente siempre ha sido
muy bueno.
Con el entrenador tenemos una relación muy buena. Siempre
nos ha cuidado muy bien a los atletas del equipo, tratando de ayudarnos
con nuestros problemas y apoyándonos cuando las cosas nos
van mal. La verdad es que he tenido mucha suerte con mi entrenador
porque, al estar en Pamplona, no he tenido que salir fuera para
prepararme y he podido estar junto a los míos durante toda
mi trayectoria deportiva.
¿Cómo
se vive la mejor y la peor cara del deporte de alta competición?
Los triunfos se viven con una alegría y una satisfacción
enorme porque tu esfuerzo ha valido la pena y lo has hecho bien,
aunque siempre te queda la espinita de que lo podrías haber
hecho mejor. Cuando las cosas salen mal, intento analizar el porqué
y hay veces en las que te hundes, lo pasas mal dos o tres días,
y te quedas con dolor de corazón. Pero enseguida tienes que
volver a entrenar, pensar en lo positivo que has aprendido de esa
prueba e intentar que no te vuelva a pasar en la siguiente.
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