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HERÓDOTO Y EGIPTO


Esta vez caminaremos, de la mano del historiador griego Heródoto, por la historia del país del Nilo. Concretamente, conoceremos el aspecto más curioso de alguno de sus reyes (comúnmente conocidos como faraones). Anécdotas que ya se han olvidado pero que quedaron registradas por el célebre historiador clásico. Sigan leyendo y descubran el lado más oscuro de los reyes del Antiguo Egipto.

Comencemos por uno de los primeros reyes, Nicrotis (perteneciente a la VI dinastía, aproximadamente hacia 2263 a. C.). Para vengar a su hermano, asesinado a consecuencia de una conjura, Nicrotis había hecho construir una basta sala en los subterráneos del palacio. Dijo que quería inaugurarla solemnemente, e invitó a todos los dignatarios y sacerdotes del reino que, directa o indirectamente, consideraba responsables del crimen. En el mejor momento, cuando todos estaban entregados a las delicias del fastuoso banquete, hizo desencadenar sobre ellos las aguas de un río, desviado por medio de un canal secreto.

Sesostris, otro rey egipcio de las primeras dinastías, tuvo que aprender por experiencia lo peligroso que es alejarse durante largo tiempo de palacio. Ciertas ausencias, aunque sean justificadas, se pagan caras. Sucedió a Sesostris que, al llegar a su patria, después de una expedición, halló el trono ocupado por su hermano, quien, aprovechando la ocasión, se había hecho cómodamente el amo. Sesostris vuelve para sorpresa del usurpador que, sin embargo, pone buena cara y dice que se retira. Se aleja sólo unos centenares de metros, y se queda al acecho. Cuando llega la noche, hace que rodeen la casa con pilas de leña y les prenden fuego. Perderá el palacio, piensa, pero salvará el trono. El plan es de una simplicidad diabólica. Sesostris es sorprendido durante el sueño por el resplandor de las llamas. Se levanta precipitadamente, despierta a su mujer y a sus hijos. ¿Qué hacer? Enseguida encuentra la solución: extiende a dos de sus hijos sobre las llamas para formar una especie de pasarela a través de la cual poder salir de la hoguera. Lo consigue: pierde dos hijos, pero en compensación salva la piel y, con la piel, el trono.

A su muerte, que le llegó después de muchos años, la corona pasa a su hijo Nebkaure II (llamado en griego “Fero”. 1936-1904 a.C.). Este no realiza ninguna empresa excepcional, fuera de recuperar la vista, perdida después de una desgracia. He aquí como fue: Un oráculo le había dicho: “La vista te será restituida si te lavas los ojos con la orina de una mujer que haya tenido relaciones carnales exclusivamente con su marido, y nunca con otros hombres.” “Bien”, pensó Fero, que probablemente debía de ser muy optimista acerca de la virtud de las mujeres de su reino. “¿Es que no va a haber ninguna mujer honesta en todo Egipto?”. Ingenuo y confiado, Fero comienza la búsqueda de la orina donde comenzaría cualquier marido: por la de su propia esposa. Pero no hay nada que hacer: más ciego que antes. Pasa entonces a otras mujeres. Prueba, intenta, reintenta; la vista no aparece. Heródoto no nos habla de la desilusión del pobre Fero, que probablemente sería grande, pero sí nos dice cómo Fero, después de haber recogido mucha orina de muchas esposas del reino, un día recuperó de repente la vista. Y nos dice también que entonces la venganza del rey fue implacable. Congregó a todas las mujeres sometidas a aquel análisis, comprendida la reina, preocupándose de excluir a la mujer con cuya orina se había curado. Las reunió a todas en una ciudad llamada Eritrébelo y les prendió fuego. No hace falta decir que la excluida se convirtió en su legítima esposa, fue feliz, tuvo honores e hijos.

Feroces en sus venganzas, equitativos en la administración de justicia: así aparecen en su conjunto los reyes egipcios. Merece ser recordado entre éstos al rey Micerino (perteneciente a la IV dinastía, años 2723-2563 a.C.). Micerino se preocupaba no sólo de que las sentencias fueran equitativas desde el punto de vista jurídico, sino también desde el humano. Si alguien se querellaba por una condena recibida, mitigaba su dureza y, si llegaba el caso, lo resarcía de su propio bolsillo. Según una versión recogida por Heródoto, un hombre se enamoró de su propia hija y utilizó la violencia para conseguirla. La joven, por la desesperación, se ahorcó. Entonces el rey hizo que la sepultaran en el vientre de una vaca de madera y la madre de la muchacha, como castigo, mandó cortar las manos de las criadas que la habían dejado al arbitrio del padre.

 



 
 

 

 

 

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