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Viajero, observador, osado, hombre de misiones, pionero... San Francisco Javier dio muestra, en el transcurso de su vida de una serie de características que han hecho perdurar su nombre en el tiempo. El patrono de Navarra, junto con San Fermín, es santo y como tal se le reconoce y se le venera. Pero, sobre todo, fue una persona genial en un sentido de la palabra mucho más amplio del que se utiliza habitualmente. Se trata de un hombre con una vida intensísima en la que da la impresión de que ni un sólo minuto quedó mal aprovechado. Hasta tal punto fue relevante su existencia que hoy, quinientos años después, los navarros celebramos el 500 aniversario de su nacimiento el 7 de abril de 1506.

Tras una niñez y una primera juventud vivida con comodidad en el castillo que lleva su nombre, Javier abandonó a los 19 años la protección de sus padres, los nobles Juan de Jaso y María de Azpilicueta, para estudiar en la Sorbona de París. Este fue su segundo lugar de residencia más o menos estable durante unos años antes de emprender el gran viaje del resto de su vida; una peregrinación interminable, pero no por eso penosa, ya que él la quiso así. Fue un camino sin el habitual objetivo de un lugar físico concreto, pero con innumerables metas alcanzadas en el conocimiento del hombre que fue encontrando al llegar a diferentes entornos y en la ayuda que pudo ofrecerle.

Al abandonar París, donde participó junto a Ignacio de Loyola en la fundación de la Compañía de Jesús, comenzó el largo viaje que duraría todo el resto de su vida. Primero recaló en Italia tres años. En el país transalpino se ordenó sacerdote y comenzó a ejercer como tal en la propia Compañía de Jesús. Sin embargo, en su cabeza ya rondaba un destino más lejano. Un destino amplio y casi desconocido que, precisamente por eso, debía ser alcanzado. En 1540 y 1541 Francisco Javier estuvo en Portugal. Un periodo de preparación y espera para poder salir, por fin, hacia las Indias, hacia Oriente.

En 1542, tras haber recalado en Mozambique y Malaui, llegó a La India. Pasó varios años recorriendo sus costas, siempre con el rumbo dirigido hacia el Oriente. Hacia 1549 llegó a Japón y, posteriormente, quiso adentrarse en el Imperio Chino un mundo completamente desconocido para Occidente y que él, por contra, intentó conocer hasta que la muerte le llegó en la isla de Sacián.

 

 

 

 

 

 

El fenomenal viaje de Francisco Javier fue especial por lo desconocido de las rutas y los lugares a los que llegó. El santo navarro estuvo, con toda seguridad, en destinos que no habían sido vistos anteriormente por hombre occidental alguno. Pero lo que dio verdadero valor a la travesía y por lo que Javier dejó una huella tan profunda en aquellos lugares fue por su actitud; por la manera que tuvo de mirar, conocer y dar a conocer tanto a él mismo como a lo que representaba. Él no llegaba con la única intención de contar su ‘verdad’. Nada más lejos. Él, antes de nada, quería conocer. Se llenaba del lugar y sus gentes; se enriquecía de esas personas, de su ser, con la simple existencia de los demás; con sus modos de vida, costumbres y virtudes. Sólo después, San Francisco Javier les contaba su verdad. Porque sólo conociendo a las gentes, formado parte de ellas, es posible ayudarlas y, quizá posteriormente, transmitirles algo propio. Ese fue el mérito del viaje de San Francisco Javier; por encima de la espectacularidad de los espacios alcanzados o la cantidad de kilómetros recorridos con los medios de la época: tener la mente y la actitud siempre dispuesta a recibir nuevas enseñanzas y experiencias. Porque el convencimiento en una verdad e incluso la intención de propagarla no debe estar reñido con el respeto y hasta la asimilación de otros modos de entender que, al observarlos, sólo podrán sumar y enriquecer a la persona.

La peregrinación al Castillo de Javier

Cincuenta y dos son los kilómetros que constituyen la Javierada completa. Es decir, el recorrido desde Pamplona hasta Javier. Una peregrinación que resulta un extraño evento en el transcurrir del año. Mes tras mes, días tras día, los navarros van viviendo sus jornadas, cada uno a lo suyo, como todos. Sin embargo, de repente, hacia el primer fin de semana de marzo, la caminata hasta Javier logra reunir a miles de personas en un recorrido común con un fondo religioso al que, durante el resto del año, no se le percibe capaz de provocar un acto popular con tal seguimiento.

Fe, promesas, deporte, ocio... Sea cual sea la razón (seguramente, y como siempre, un poco de todo), personas de todas las edades caminan hasta el castillo de Javier. Un castillo que, con motivo del quinientos aniversario del santo, ha terminado de ponerse guapo por dentro y por fuera. Restauración y mejoras en la estructura y el aspecto externo de la construcción así como el acondicionamiento interno con salas de museo y renovadas estancias. De este modo, se ha conseguido poner el castillo a la altura de quien una vez lo habitó y supo vivir de tal manera que, quinientos años después, se conmemore su nacimiento en diferentes partes del mundo además de en la propia Navarra.

 
 
 

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